Crear valor y brillar en el trabajo


Entrevistamos a Abdu Gasmi Attachi, jefe de rango en un prestigioso restaurante de Elche, cargo que ha llegado a desempeñar como resultado de una tenaz lucha por adaptarse creativamente a los cambios.

Foto: Cortesía de Abdu Gasmi

Para empezar, ¿podrías hablarnos brevemente sobre los inicios de tu trayectoria vital?

Nací en Marruecos. Cuando tenía 19 años, en 1985, conocí el budismo a través de mi hermano mayor. Por aquel entonces yo tenía la meta de aprobar en mis estudios para ir a la universidad y así emanciparme; en casa éramos muchos hermanos, y mi padre era muy autoritario… Pero, acercándose la época de exámenes, caí enfermo. En ese momento, mi hermano, que siempre ha sido como un padre para mí, me aconsejó ir al médico y también entonar Nam-myoho-renge-kyo. Enseguida empecé a hacerlo, porque había notado el cambio en él desde el inicio de su práctica budista, y sentía mucha curiosidad.

Recuerdo que mi hermano me decía: «Ora no solo para aprobar tus exámenes, sino para ser el mejor de la clase». Mi salud mejoró rápidamente, y no solo aprobé todo, ¡sino que obtuve la mejor nota de la provincia! Gracias a esto, pude elegir universidad y cursar mis estudios de Veterinaria en Rabat.

Cuando me licencié, trabajé como autónomo para una empresa que traía al país vacas lecheras, lo que me permitió tener un visado y viajar con frecuencia a Europa. Paralelamente, los hermanos de mi mujer se habían trasladado a Elche. Entonces, decidimos mudarnos a esta ciudad.

En un momento dado, haces frente a la necesidad de resituarte en el contexto laboral. Por favor, cuéntanos cómo fue. 

En realidad, ha ocurrido en varios momentos. Cuando llegué a España en 1998 quise ejercer como veterinario, pero encontré muchos problemas burocráticos para homologar mi título, y no lo conseguí hasta 2004. Mientras tanto, tuve que buscar otros empleos para renovar mi permiso de residencia, así que hice de todo.

Gracias a la práctica budista extraje las fuerzas para luchar, crear valor y brillar en cada empleo: empecé trabajando en el campo, recogiendo fresas y naranjas; y seguí en la construcción, donde empecé como peón, pero, como estudiaba los planos e instalaciones, al poco me hicieron encargado y, un año más tarde, me convertí en gerente de mi propia empresa.

Cuando llegué a España en 1998 quise ejercer como veterinario, pero encontré muchos problemas burocráticos para homologar mi título, y […] tuve que buscar otros empleos para renovar mi permiso de residencia, así que hice de todo.

En 2012, un tiempo después del pinchazo de la burbuja inmobiliaria en España, me vi obligado a cerrar la empresa. Este hecho afectó a mi matrimonio, y finalmente nos divorciamos. No fue fácil. Sin embargo, a través de profundizar en los escritos de orientación de mi maestro, Daisaku Ikeda, pude encontrar una salida y desarrollar nuevos aspectos de mí mismo, poco a poco.

Tuve que dejar la casa, y encontré trabajo como recepcionista en un hotel rural. Era un escenario nuevo, pero, una vez más, comprobé el valor y la capacidad de sostén de las actividades de la Soka Gakkai, y renové mi convicción en la fe y mi lucha por el kosen-rufu.

En 2017, el hotel cerró y volví a la ciudad. Quise cobrar el subsidio por desempleo, y descubrí que para hacerlo debía realizar un curso de formación. Entonces escogí un curso de hostelería para acreditarme como Jefe de Rango Nivel II que duraba 8 meses.

Entendemos que no debió de ser fácil, en particular, seguir el ritmo de los compañeros más jóvenes.

Sí, compartía el curso con jóvenes de entre 18 y 26 años: podría haber sido el padre de todos. La mayoría no le daba importancia a la formación, estaban allí obligados, pero yo los alentaba a prestar atención y aprovechar al máximo la oportunidad. Oraba por ellos, y escuchaba sus problemas.

Mi mayor dificultad no estaba en los demás, sino en mí mismo, en la tendencia a no valorarme. Pensaba: «¿Por qué tengo que hacer este curso si ya tengo títulos?». Además del tema de la edad, estaba el miedo al prejuicio y a que me vieran solo como un inmigrante… Nadie me dijo nada; era yo mismo quien lo pensaba. Hasta que un día recordé que debo considerarme una entidad de la Ley Mística. Y, poco a poco, recitando daimoku para crear valor en el curso, pude valorarme a mí mismo y ganar confianza. Una vez que cambié mi actitud, cambió todo.

Lo cierto es que obtuve la mejor calificación, y pude realizar unas prácticas en un prestigioso restaurante de Elche. Desde el inicio les gusté, y terminaron contratándome, de modo que continué trabajando allí. Fue así hasta que en 2020, debido a la pandemia, tuvieron que cerrar temporalmente.

Otro momento de cambio…

Sí, pero me sentí protegido porque, por otro lado, el hotel rural reabrió y pude volver a trabajar en él.

Al inicio de este año 2022, redeterminé romper los límites y ganar estabilidad en mi vida, y empecé a desafiarme seria y concretamente en el diálogo, alentado por la campaña de la SGEs «El uno es madre de diez mil».

Al inicio de este año 2022, redeterminé romper los límites y ganar estabilidad en mi vida, […] despertar y recordar cuál era mi misión en España.

Como leemos en los escritos del Daishonin, cuando nos esforzamos por cultivar nuestra budeidad se manifiestan, invariablemente, obstáculos.[1] En febrero supe que, como consecuencia del divorcio, perdía definitivamente la que había sido mi casa, y también debí lidiar con una injusticia ligada a un trabajo anterior.

Después de casi 25 años, pensé en volver a Marruecos… No obstante, en ese momento leí en La nueva revolucion humana una frase que nos alienta a enfocar nuestra oración en la realización del kosen-rufu, y asegura que todo el daimoku que hagamos con ese propósito se convertirá en inmensurable beneficio.[2] Esto me hizo despertar y recordar cuál era mi misión en España. Fue entonces cuando, apoyado también por los compañeros de fe, decidí quedarme.

Volví a Elche, compré una nueva casa y, entonces, me volvieron a llamar del restaurante en el que había trabajado.

Abdu, en la entrada de su nueva casa | Foto: Cortesía de Abdu Gasmi

¡Tu resiliencia y tenacidad son admirables! Y tenemos entendido que ahora, además de trabajar intensamente, estás esforzándote en bien de tu familia. ¿Es correcto?

Venimos de un hogar de siete hermanos y seis hermanas y, como comenté antes, dos practicamos el budismo: mi hermano mayor, que vive en Francia, y yo. Siempre hemos orado mucho por la armonía familiar, y hemos luchado juntos por ella.

Hasta que me divorcié, una de mis hermanas vivía conmigo en Elche. Con el divorcio, también ella tuvo que dejar la casa, y comenzó a trabajar como interna. Sin embargo, es un trabajo duro y ella, que es mayor que yo, no puede ya seguir realizándolo a causa de varios problemas de salud.

Cuando yo era más joven, mi hermana me ayudó mucho a financiar mis estudios universitarios e, incluso, a comprar mi primer coche para trabajar como veterinario rural. Ahora me corresponde devolver mi deuda de gratitud.

Después de unos años difíciles, poder contar con una nueva casa tiene ahora un significado especial por este motivo. Estoy muy contento de poder ofrecérsela a mi hermana y apoyarla.


[1]Véase Los tres obstáculos y los cuatro demonios, en END, pág. 668.

[2]Véase IKEDA, Daisaku: La nueva revolución humana, vols. 21-22, Rivas-Vaciamadrid: Ediciones Civilización Global, 2020, pág. 151.

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