Sin permitir que la negatividad me frene


Fco. Javier Cantero | Miranda de Ebro, Burgos


 

Tengo 47 años y, desde 2003, estoy diagnosticado de esclerosis múltiple. Se trata de una enfermedad degenerativa del sistema nervioso central que afecta a múltiples funciones corporales y que en cada paciente se desarrolla de diferente manera. Dentro de esta enfermedad hay diversas variantes. En algunos casos existe un tratamiento para intentar evitar su evolución, y en otros no.

Mi anterior neurólogo creía que la variedad que padezco es una «recurrente-remitente», es decir, que cursa con brotes de la enfermedad. Ese diagnóstico me llevó a seguir, durante muchos años, un tratamiento muy duro de administrar, con inyectables, y cuyos efectos secundarios eran más incapacitantes que la propia enfermedad. Por este motivo, y por primera vez en mi vida, me vi obligado a pedir la baja en el trabajo.

Entonces empezó una dura lucha burocrática con la Seguridad Social. Tras bastantes líos con abogados, peritos neurológicos –con los que yo pretendía únicamente demostrar la verdad–, juicios, recursos de la Seguridad Social, más juicios, más recursos de la Seguridad Social, llegando incluso al Tribunal Superior de Justicia, finalmente obtuve la incapacidad permanente absoluta.

En medio de todo esto, estando de baja, descubrí el budismo Nichiren. Ocurrió en 2011, cuando la profesora de yoga que había en la Asociación Burgalesa de Esclerosis Múltiple me invitó a conocer esta práctica, y fue lo mejor que habría podido encontrar.

Casi un año después recibí el Gohonzon. Tomé la decisión de hacerlo porque había podido confirmar que la entonación de Nam-myoho-renge-kyo estaba revolucionando mi vida, produciendo grandes cambios positivos en mí y en mi entorno.

Un tiempo después, ya jubilado, y habiendo seguido con las diferentes medicaciones que probaban conmigo, decidí dejar estos tratamientos tan lesivos. Sentí que tenía que hacerlo: cada vez que me pinchaban, mi cuerpo reaccionaba con fiebre, dolores musculares muy intensos, malestar general, pérdida del bienestar psicológico y social…

El neurólogo me dijo que no aguantaría ni un mes, y que la siguiente vez que me viera yo estaría en silla de ruedas. Yo no negaba el efecto positivo de la medicina bien ejercida, pero simplemente no podía más; era demasiado sufrimiento. Mi práctica budista diaria me hacía confiar en mí y estar seguro de que sería capaz de llevar el asunto adelante sin recurrir a un tratamiento como aquel.

He llegado a comprender que realmente el gran problema no es la enfermedad en sí –que es el desencadenante–, sino el mal interior que esta puede producir.

Lógicamente, los síntomas de la propia enfermedad persisten. El equilibrio no es mi fuerte; me cuesta leer y escribir bien; tengo bastantes temblores, en diferentes partes del cuerpo; etc. Pero ya no experimento los efectos secundarios que me provocaba aquella medicación.

Gracias a la práctica budista, a la orientación y al aliento de mis compañeros de fe, he llegado a comprender que realmente el gran problema no es la enfermedad en sí –que es el desencadenante–, sino el mal interior que esta puede producir: la función negativa que intenta aprovecharse de la debilidad que la enfermedad provoca en la persona. No es un ente externo a mí; es algo interno y soy yo mismo quien lo tiene que identificar y dominar. Esto, que en el budismo se denomina «demonio de la enfermedad»,[1] se hace manifiesto cuando es capaz de limitar mis funciones normales, con la excusa de que «por la enfermedad, no puedo hacer esto o lo otro».

Manifiesto mi condición de buda cuando domino mi oscuridad, que me debilita y me acobarda por momentos en mi día a día, intentando impedirme ser feliz. Soy yo el que tiene que decidir qué puedo o no hacer, sin permitir que la negatividad me frene. Si lo hubiera permitido, seguramente se habría cumplido el pronóstico de aquel neurólogo, cuando hace ocho años me dijo que en nuestra siguiente cita me vería en silla de ruedas.

A través del daimoku me desafío en vencer mi tendencia a infravalorarme y en disipar los pensamientos ilusorios. Es una batalla continua contra la negatividad que por momentos pretende dominar la realidad y hacerme sentir menos valioso.

A través de esta vivencia, transmito naturalmente el valor del budismo a mis amigos y familiares. He cambiado mi vida al no caer en el victimismo y animar a los demás con mi ejemplo. A través de mi participación en las actividades de la Soka Gakkai, genero las causas para vivir una vida saludable y siento la necesidad de hablar sobre el budismo con los demás.

Una familia victoriosa

Hace pocas semanas, en la revisión anual rutinaria, el neurólogo que hay ahora en la consulta me dijo que la enfermedad que padezco no es una versión progresiva de la enfermedad, como me habían diagnosticado al inicio, ya que… no progresa: la resonancia que me habían hecho quince días atrás es exactamente igual a la de hace unos años, lo que quiere decir que la enfermedad está parada, no avanza.

Ahora estoy probando unas pastillas para intentar dominar los temblores. También tienen sus efectos secundarios, pero, insisto, no niego el potencial benéfico de estos tratamientos.

Para mí, esta experiencia es la consecuencia de mi oración y del esfuerzo por participar en las actividades de la SGEs y por compartir la Ley Mística con los demás.

A ver qué aparece ahora para intentar frenarme… Solo para intentarlo, porque no lo conseguirá.

Participantes en el encuentro nacional del Departamento de Hombres de la SGEs que se conectaron desde Miranda de Ebro (Javier, que es responsable del departamento en el distrito general, compartió su experiencia durante la actividad)

[1]Para profundizar en la comprensión de esta clase de función, léase p. ej. Civilización Global, n.º 175, noviembre 2020, sección «Estudio mensual».

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