Transformar la ira en amor compasivo

Por Natalia Alarcó Gutiérrez

Natalia (derecha de la imagen), con su supervisora en el trabajo actual

TENGO 29 AÑOS. Hace ya unos 15 que conocí Nam-myoho-renge-kyo a través de mi madre.

A pesar de vivir la práctica de cerca, debido a mi carácter escéptico, carente de fe, me conformaba con centrar mi vida en la búsqueda de logros deportivos y felicidad a corto plazo.

Tuve una adolescencia difícil: entre la falta de una figura paterna, una gran lucha hormonal y diversos desastres académicos, fui una «rebelde sin causa». Decidí abandonar los estudios a los 16 años y me lancé a la vida laboral en el complicado mundo de la hostelería.

Desde que me independicé, año tras año iba consiguiendo mis metas materiales, como tener una casa, un medio de transporte y un sueldo garantizado a final de mes. Y así, durante los 11 años que duró esta etapa, me conformé con lo que la sociedad dictamina que es la felicidad, pero me faltaba algo. Además, llegó un punto en el que mi empleo me estaba acarreando problemas de salud: tenía que cambiar de profesión urgentemente. Y la oportunidad llegó cuando en 2018 me despidieron.

Me conformé con lo que la sociedad dictamina que es la felicidad, pero me faltaba algo.

Al principio, sufrí mucho. No entendía por qué había pasado; pero en realidad ahí fue cuando empezó mi gran cambio, y finalmente pude transformar el veneno en medicina.

Después de reflexionar mucho sobre mi vida hasta ese momento, y gracias al aliento sincero y a mucho apoyo de mi madre –a la que había observado durante años luchar como una leona y obtener grandes logros personales mediante la fe en el Gohonzon– decidí comenzar yo misma a practicar. Quería hacer mi revolución humana, y surgió en mí el deseo de recibir el Gohonzon.

Cuando comencé a orar, al principio tenía dudas y miedos, pero sabía que estaban arraigados en mi vida, así que empecé a entonar daimoku para poder vencer mi propia debilidad, sin ninguna otra meta concreta. Ahí surgió en mí la alegría y muchas ganas de luchar por mejorar mi vida. Ya no me sentía apática sino más jovial, más viva, con otra perspectiva de la vida, y una nueva energía. Gracias al daimoku y a las actividades de la Soka Gakkai, mi autoestima y mi confianza mejoraron muchísimo.

Decidí retomar los estudios y descubrí mi vocación de ayudar a quienes más lo necesitan. Hice un curso para cuidar de personas en situación de dependencia. Gracias a ello, actualmente he cambiado totalmente de profesión y estoy inmensamente feliz y agradecida. Poder hacer felices a personas en estas circunstancias tan difíciles me nutre de amor: he podido desarrollar la empatía con los demás seres humanos, y transformar mi ira en amor compasivo.

Este ha sido sin duda un nuevo comienzo para mí y no quiero conformarme. Ahora sé que puedo seguir avanzando en una nueva dirección, mucho más positiva para mí y para los demás. Es por eso que en 2019 he decido seguir avanzando en mi formación profesional y mi vocación: quiero ser técnico de emergencias sanitarias. Al inscribirme, también ayudé a mi madre a desafiarse de nuevo, después de tantos años, a estudiar Farmacia.

Gracias al daimoku y a las actividades de la Soka Gakkai, mi autoestima y mi confianza mejoraron muchísimo. Decidí retomar los estudios y descubrí mi vocación de ayudar a quienes más lo necesitan. […] He podido desarrollar la empatía con los demás seres humanos, y transformar mi ira.

Doy las gracias a todas las personas que me rodean y a todos los compañeros. Desde el primer día, siempre me he sentido arropada por todos.

Quiero terminar con un fragmento leído en Civilización Global que me ha alentado mucho, en el que Nichiren Daishonin declara:

Alegría significa el regocijo que experimenta uno a la par de los demás. […] Tanto uno como los demás se regocijarán juntos, al experimentar su propia sabiduría y amor compasivo.[1]

Esto coincide con mi propia experiencia. Estoy convencida de que el punto crucial de la alegría es que se trata de algo a compartir entre los seres humanos. La verdadera satisfacción surge cuando somos felices y vemos que los demás también los son.

¡Muchas gracias! |


[1] OTT, pág. 146.

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