Mi misión como profesora


Me llamo Ángeles Jurado, y soy profesora de bachillerato en un centro educativo de Badalona.

Ángeles, tus alumnos están entre los 16 y los 18 años. El trato con jóvenes en estas edades implica grandes desafíos. ¿Se trata de una elección vocacional?

Lo cierto es que, después de ser profesora interina durante unos años, aprobé unas oposiciones a funcionaria de Correos, trabajo que en principio parecía más estable, y dejé de dar clase. Pero más tarde me llamaron para reanudar mi tarea como docente; hacía poco que había iniciado mi práctica budista, y el caso es que decidí pedir una excedencia y volver a la enseñanza. Desde entonces, llevo ya quince años dando clase en el mismo centro educativo. Ahora siento que la práctica me mostró mi misión como profesora.

Siento que la práctica [budista] me mostró mi misión como profesora.

La pandemia y sus consecuencias provocan situaciones en el ámbito educativo que, sin duda, te habrán puesto a prueba. ¿Puedes hablarnos de esto?

Por motivos sociales y familiares, además del complicado momento sanitario que estamos viviendo, muchos de mis alumnos tienen dificultades para el aprendizaje. Por un lado, las clases online no son fáciles para nadie. Por otro, este último tramo de su educación desafía su madurez –muchos de ellos, de hecho, no quieren hacer la prueba de selectividad– y mi propia gestión como docente.

A veces te acomodas y crees que ya lo sabes todo sobre tu oficio, pero otras veces te das cuenta de la necesidad de reinventarte, ponerte al día y empezar un poco de cero.

Mi práctica diaria a través del daimoku y las actividades en el seno de la Soka Gakkai me hacen tomar conciencia de las cosas. Por ejemplo, hace no mucho tuve un alumno especialmente difícil, y me vi ante la tentación de caer en el victimismo. Pero, gracias a mi práctica, pronto me di cuenta de que en realidad la responsabilidad de corregir eso era exclusivamente mía. Y así fue: cuando puse en mi daimoku la determinación de superar este escollo y reempoderarme, el conflicto con el alumno desapareció. Tal como nos aseguran los fundamentos de nuestro budismo, cuando cambiamos por dentro todo se transforma fuera.

A veces te acomodas y crees que ya lo sabes todo sobre tu oficio, pero otras veces te das cuenta de la necesidad de reinventarte, ponerte al día y empezar un poco de cero. Mi práctica diaria a través del daimoku y las actividades en el seno de la Soka Gakkai me hacen tomar conciencia de las cosas.

Hablando de budismo, eres practicante desde 2003. ¿Qué te motivó a iniciar tu práctica, y qué te ha motivado a mantenerla durante casi dos décadas, en una sociedad tan tendente a lo efímero?

Yo tenía un vecino italiano al que escuchaba recitar daimoku (Nam-myoho-renge-kyo), y un día me explicó que era una práctica que él hacía y que yo también podía hacer. Me dijo: «Puedes empezar poniéndote unos objetivos». Bien fuera por curiosidad, bien como resultado de una búsqueda inconsciente, me uní a una de sus sesiones de daimoku, y desde entonces no he dejado de practicar.

El primer beneficio y más inmediato fue que, a través del daimoku, me sentí de pronto con más recursos para enfrentar muchas cosas del día a día: al cambiar mi estado de ánimo, la realidad se modificaba a mi alrededor. O, por poner otro ejemplo, cuando acababa una reunión de diálogo, sentía que estaba mucho mejor y que podía transformar lo que me hubiera propuesto para ser feliz.

Ángeles, ante el centro educativo del cual ha merecido la confianza durante, ya, quince años

Otra cosa que me sorprendió es el vínculo que estableces en la Soka Gakkai con personas con las que aparentemente no tienes nada que ver, porque de hecho lo que tienes en común con ellas es lo más importante: la búsqueda de la felicidad y la disposición a brindarte a los demás.

Un momento especialmente inspirador para mí, como profesora, son las Jornadas para una Educación Creativa que organiza el Departamento de Educadores de la SGEs, y que nos reúnen a docentes de toda España una vez al año. He estado en casi todas y, después de escuchar a los ponentes y las experiencias que comparten los compañeros, la verdad es que salgo fortalecida en mi fe y en mi poder para cambiar las cosas y hacer mi revolución humana.

Estoy muy agradecida a mi vecino italiano por permitirme asomarme por primera vez a una práctica que cambió mi vida.

Un momento especialmente inspirador para mí, como profesora, son las Jornadas para una Educación Creativa que organiza el Departamento de Educadores de la SGEs, […] salgo fortalecida.

¿Cuál dirías que es el beneficio más visible que extraes hoy en día de tu práctica?

La transformación del karma es uno de los beneficios más claros. Poner ante el Gohonzon mi deseo de cambiar algo que me está impidiendo ser feliz, y conseguirlo.

Hace poco, en una conversación informal con mis compañeros profesores del centro, les dije que recitaba daimoku cada día para conseguir hacer visible la budeidad de todos mis alumnos. Recuerdo que me miraron sorprendidos por la sencillez y contundencia con la que compartí este deseo. Era la primera vez que lo hacía y sentí que estaba plantando en mi ámbito de trabajo una semilla de respeto hacia la dignidad de la vida y hacia la juventud que estoy segura de que en algún momento germinará.

Más allá de las pruebas reales que puedan acompañar a mi revolución humana, en realidad el valor más visible de mi práctica es la posibilidad de extraer coraje, lucidez y alegría en los pequeños momentos en que enfrento las cosas del día a día, tanto en el trabajo como en la familia.

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