La senda de la felicidad genuina


Pascal Ruiz Soto · Barcelona


Pascal, sobre la foto de su despacho que utiliza en este período como fondo virtual durante las videoconferencias de teletrabajo

Conocí Nam-myoho-renge-kyo a los 6 años gracias a mi padre, quien volvió un día a casa explicando a mi madre que había decidido empezar a practicar el budismo. No conozco los detalles de la conversación que mantuvieron, pero el resultado fue que ella también empezó, así como mi hermano mayor. Crecí en un ambiente de reuniones de diálogo, pero no me sentí nada atraído o interesado. No me gustaban ni el sonido del daimoku ni escuchar los problemas de la gente: bastante tenía con los míos.

A pesar de estos antecedentes, accedí finalmente a hacer gongyo y daimoku a los trece años, básicamente porque estaba harto de llorar cada dos por tres, harto de ser bajito, harto de no poder invitar a las chicas a bailar, harto de no aparentar mi edad.

Pero lo mejor de todo es que, desde entonces, no lo he dejado…

Crecí en un ambiente de reuniones de diálogo, pero [en un principio] no me sentí nada atraído o interesado.

«Yo he depositado toda mi fe en Nichiren Daishonin y en el señor Toda. Mis tres tesoros son el Gohonzon, mi maestro Toda y la sinceridad. Siempre he triunfado mediante la sinceridad».[1]

El primer gran resultado de esta práctica lo percibí a los 16 años. Fue a raíz de que, después de recibir una nota alrededor de cero en Matemáticas, el profesor de bachillerato tirara mi hoja de examen al suelo y dijera, delante de todos mis compañeros: «Hay personas, como Ruiz, que no tienen nada que hacer en esta clase». Las lágrimas amenazaron con brotar, pero no llegaron a hacerlo, porque pensé: «Pero ¿quién es esta persona para decidir si yo valgo o no?». Inicié, entonces, mi particular combate para sacar adelante los estudios.

Luché contra mi propia apatía: me costaba horrores estudiar después de clase, y después de cenar no me aguantaba de pie, así que era bastante frecuente que me fuera a la cama a las nueve de la noche, poniendo el despertador a las cuatro de la madrugada para hacer gongyo y estudiar antes de ir a clase. A través de este proceso, aprendí también a no juzgar a las personas que veía enfrentadas a sus propias limitaciones, consciente de que ellas, como yo, poseían el potencial de mejorar su vida.

Por entonces, en la primera mitad de la década de 1980, en Francia empezaron a aparecer en prensa artículos difamatorios sobre la Soka Gakkai. Esta escalada se tradujo en la publicación, en 1985, de un informe gubernamental que –en un contexto de preocupación social por la actividad de diversas sectas en el país– vertía injustamente dudas también sobre nuestra organización. Esta actitud de suspicacia representó un enorme desafío para el movimiento local por el kosen-rufu durante años, hasta que el propio gobierno reconoció que el criterio que había aplicado no se ajustaba a la realidad.[2]

Mientras tanto, debo decir que, en lo personal, la situación no me afectó en lo más mínimo: esta práctica y la Soka Gakkai ya me habían aportado demasiado como para que las cuestionara. Más bien al revés: buscaba más entrenamiento para poder contribuir más a su desarrollo. Así, en verano de 1984, a la hora de decidir donde cursar Ingeniería Superior, no dudé ni un instante en dejar la casa de mis padres para mudarme a 650 km, hacia Marsella, porque Marsella estaba a 40 km de Trets, y en este municipio se encontraba el Centro Cultural Europeo de la Soka Gakkai.[3]

[…] en la primera mitad de la década de 1980, en Francia empezaron a aparecer en prensa artículos difamatorios sobre la Soka Gakkai. […] en lo personal, la situación no me afectó en lo más mínimo: esta práctica y la Soka Gakkai ya me habían aportado demasiado como para que las cuestionara.

Recibí el Gohonzon en 1985. Como miembro residente en Marsella, iba a Trets a participar en diversas actividades como mínimo una vez al mes. Para mí, como para mis compañeros, era como una segunda casa, donde hacíamos nuestras reuniones mensuales de zona, actividades de limpieza, mantenimiento…

De esta manera, cuando en 1986 me vi ante la oportunidad de contribuir, mediante la actividad de aportación, a la construcción del nuevo auditorio que se proyectaba para el Centro Cultural Europeo, ni me lo pensé: decidí «darlo todo». Yo estudiaba a tiempo completo gracias al esfuerzo económico de mis padres y de mi hermano mayor, y complementaba sus ayudas con lo que percibía dando algunas clases particulares, lo cual me permitía ahorrar algo para irme de vacaciones cuando cerraba la universidad. Con mi decisión, ese año el panorama cambió: tendría que trabajar por primera vez en mi vida durante ese verano del 86, aunque fuera un mes, para poder irme de vacaciones luego.

Si no había sido un estudiante de bachillerato brillante, tampoco lo estaba siendo en la universidad. Y, a pesar de que esta primera experiencia laboral estaba relacionada con mis estudios de ingeniería, el resultado fue un desastre: estaba a punto de cursar el último año de la carrera, pero muy lejos de merecer el título al cual aspiraba. Decidí lo siguiente frente al Gohonzon: recuperaría el terreno perdido, encontraría alguna disciplina científica que me gustara, y buscaría un trabajo relacionado con ella.

Una instantánea de época: un joven Pascal coloca bancos para una actividad en el Centro Cultural Europeo de la Soka Gakkai en Trets, frente al auditorio que entonces se estaba construyendo

En 1987 estudié como nunca, entoné daimoku como nunca, experimenté frente al Gohonzon el placer de encontrar soluciones matemáticas, escribí en un día un algoritmo informático que solucionaría tres meses de estancamiento y validaría mi proyecto de fin de carrera, me diplomé, y encontré un trabajo extraordinario gracias al cual me doctoré en Matemáticas Aplicadas en junio de 1990. No tengo ninguna duda de que la causa que supuso aquel esfuerzo en la aportación generó este beneficio en forma de trabajo. Unos meses después del doctorado, en el marco de un intercambio con la Universitat Politècnica de Catalunya, conocí a mi mujer, y en 1994 dejé Francia para mudarme a Barcelona, casarnos, y encontrar un nuevo trabajo.

«Cuando a uno se le acaba la buena fortuna, no hay estrategia que valga… Empéñese en fortalecer el poder de su fe; considere que su supervivencia ha sido un hecho prodigioso, y utilice la estrategia del Sutra del loto antes que ninguna otra».[4]

A lo largo de estas décadas, salí ileso de dos accidentes de coche en los que habría podido perder la vida, uno en 1985, otro en 2018. Fui operado del corazón en febrero de 2020, después de que se me detectara un problema de manera «casual». Y esta buena fortuna se extiende también a mi familia: ¿cómo interpretar, si no, el nacimiento de mi hijo en 2002, sobre el cual el ginecólogo dijo que llevaba años sin ver un bebé vivo en tales circunstancias? Al rememorar estas experiencias, más otras tantas relacionadas con el trabajo durante treinta años de vida laboral, no puedo sino pensar: «esto funciona», y «esto» se refiere a la disciplina en la práctica y en el estudio del budismo Nichiren, los esfuerzos para alentar a las personas, los esfuerzos en desarrollar las reuniones de diálogo, la determinación de no desmerecer el título de discípulo de Daisaku Ikeda.

Ahora tengo 57 años y […] la humanidad se encuentra ante un punto de inflexión […]. Quiero ser partícipe, alentar a la persona que tenga delante explicándole […] la revolución humana.

Ahora tengo 57 años y me siento realizado, tanto a nivel emocional con mi esposa y nuestros dos hijos, como a nivel profesional en una empresa donde me siento apreciado y un trabajo que me permite vivir holgadamente.

Pero, si miro alrededor, veo que la sociedad no ha mejorado en los últimos cuarenta años, y que la humanidad se encuentra ante un punto de inflexión: las acciones de los próximos diez años decidirán la perennidad del medio ambiente gracias al cual vivimos. Soy consciente de que el ser humano es el responsable tanto de la situación actual de crisis, como de su resolución.

Y, para revertir la situación, tenemos el desafío de los «Cien mil diálogos de esperanza» hasta el 15 de octubre. Quiero ser partícipe, alentar a la persona que tenga delante explicándole que la revolución humana significa la felicidad individual y un punto de partida para transformar el entorno.

En febrero he empezado mi particular millón de daimoku para vencer un poco más mi timidez natural; el primero de los diez millones que me llevarán al 2030. He decidido entablar treinta diálogos de esperanza hasta el 15 de octubre. En el momento de escribir esta experiencia, llevo cinco.

A pesar de las circunstancias que nos toca vivir, me siento sereno. Es tal como sostiene Sensei:

El Daishonin escribe: «Entone Nam-myoho-renge-kyo con actitud pura y sincera, y aliente a otras personas a hacer lo mismo; este será el único recuerdo que le quedará de su existencia en este mundo humano».[5]

La práctica de entonar y transmitir a otros Nam-myoho-renge-kyo no solo pone a quienes lo aprenden en dirección hacia la felicidad, sino que también colma nuestra propia vida de beneficios y de buena fortuna. Es el sendero genuino que conduce a la felicidad propia y ajena.[6]

Tres generaciones de la familia de Pascal –en la imagen, sus padres, hijo y esposa–, avanzando juntas

[1]IKEDA, Daisaku: «Es momento de que los jóvenes ocupen el centro de la escena», Seikyo Shimbun, 7/2/1998.

[2]N. de E.: A partir, especialmente, de 1978, las derivas sectarias de ciertos grupos religiosos –que en años previos se habían circunscrito mayormente al continente americano– empezaron a ser objeto de preocupación también en Europa. En Francia, la presentación (1983) y posterior publicación (1985) del conocido como Rapport Vivien dio inicio a un período durante el cual el modo en que se abordó este grave problema social generó, lamentablemente, nuevos problemas. La redacción por parte de instancias gubernamentales de «listas negras» que incluían minorías religiosas de lo más diversas, entre las cuales la Soka Gakkai, extendió indiscriminadamente sobre ellas la sospecha, a veces amplificada por la prensa. Fue así hasta que, en 2005, el propio Gobierno de la República Francesa asumió la falta de idoneidad del enfoque que había aplicado en este ámbito durante años. Desde entonces, el reconocimiento social de las contribuciones del Mouvement Bouddhiste Soka a la paz, la cultura y la educación en el país no ha hecho sino crecer.

[3]N. de E.: El Centro Cultural de la Soka Gakkai en Trets fue el lugar de celebración de la mayor parte de las actividades de ámbito europeo de la organización durante alrededor de tres décadas, hasta que, en octubre de 2011, coincidiendo con las celebraciones del 50.º aniversario del kosen-rufu de Europa, se instaurara una red de centros culturales europeos, de la cual forma parte el Centro Cultural Soka de España.

[4]La estrategia del «Sutra del loto», en END, pág. 1045.

[5]Preguntas y respuestas referidas a abrazar el «Sutra del loto», en END, pág. 68.

[6]Véase, en Civilización Global, n.º 190, febrero 2021, la sección «Estudio mensual».

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